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Doblegada por el placer de estar entre sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo y los latidos de su corazón, que ahora, iban al mismo ritmo que el mío. No quería que aquel momento acabase nunca. Estoy profundamente enamorada de él y soy feliz con sólo sentir su respiración cerca mío. 
Mientras él dormía plácidamente, yo lo observaba como un niño observa un chupetín. Veía en él, el hombre perfecto y es que, en realidad, lo miraba desde el corazón, sintiendo cada uno de sus rasgos, de su forma de ser, en su interior. 
Decidí acercarme más aún para poder sentirlo un poco más. Empezé tocando suavemente su cara mientras apreciaba su piel con el frágil tacto de mis dedos. Y así se detuvo en cada rincón de su rostro: sus ojos, sus mejillas, sus labios..
Avanzé un poco más arriba hasta tocar su pelo, negro y rizado, tan singular y tan suyo. Enredaba mis dedos en cada rizo a la vez que sentía su olor recorriendo mi alma. Mientras tanto, empezé a hacerme preguntas sobre cómo era posible que el amor me hubiese sido correspondido. Me acerqué despacio a él y fue entonces cuando le susurré “Eres la suerte de mi vida”. Él, aún dormido, se movió ligeramente hacia mí y me abrazó.  
Y resultó ser un momento corto, pero eterno para mí. Porque me encontraba en el paraíso, porque era feliz, porque estaba enamorada, porque había ido a parar al lado  de un ángel que ahora yacía dormido a mi lado.