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Algunos dicen que no tenemos los ojos sólo para ver, sino para que nos vean el alma a través de ellos…
Otros dicen que los tenemos para mirarnos y saber que llevamos dentro.
Lo cierto es que no existe mayor ceguera que la de nuestros propios ojos, porque no sólo escondemos el alma, sino que siempre
miramos para afuera.
Lo que en los demás es locura, en nosotros es heroísmo; y cuando nos dicen cobardes… nos refugiamos en la sensatez.
Justificamos en nosotros lo que nos escandaliza del resto, porque nuestra razones son valederas y el
argumento ajeno nunca tiene sentido.
Pedimos perdón por lo mismo que condenamos, porque podemos equivocarnos, pero,los otros no.
No tenemos peor enemigo que nuestros propios ojos, porque las cosas no son lo que parecen.
Nos dejamos llevar por el engaño de las retinas y hacemos de las apariencias no sólo un hábito, sino un credo.
Juramos que el cielo es celeste porque es lo que nos dice la luz, sin embargo la noche nos cuenta otra cosa.
No siempre lo oscuro es tan impenetrable, ni lo claro tan transparente; porque no hay nada enteramente bueno ni del todo malo.
Existen tantas mentiras dichas a la luz del dia, como verdades…susurradas al anochecer, y no siempre la voz que grita
tiene razón, ni la que calla se equivoca.
Es tan creíble la apariencia que no nos deja ver lo que nos muestra el corazón. Sin embargo él sabe la verdad, porque no
entiende el puñetazo pero sí a la caricia, y no les cree a los ojos pero habla con la
mirada.
El corazón es atrevido y caprichoso, se burla de la inteligencia pero es fiel a la locura, y suele sacudir el pecho interrumpiendo las
palabras y robando la respiración.
Es poderoso, vulnerable; está tan erguido en el temporal como inclinado ante la flor.
Cuando la boca miente y el silencio encubre, él siempre sabe, no se equivoca…aunque los pensamientos aturdan y confundan la razón.